Hay que aprender a jugar en este simulador | Javier Wolcoff (Parte 1)

En uno de sus últimos encuentros, Javier Wolcoff habló de algo que resuena cada vez más fuerte en quienes buscan comprender el sentido de la vida: la idea de que este mundo es un juego, una simulación donde el alma viene a experimentar y recordar quién es.
No como un entretenimiento superficial, sino como un campo de aprendizaje diseñado para desarrollar lo más desafiante: la fe.

Wolcoff explica que este nivel —la existencia humana— sería el más complejo del juego universal. Aquí no recordamos quiénes somos ni tenemos certezas absolutas. Por eso, cada elección se convierte en un acto de fe, una chispa que genera nueva energía emocional en el universo.
Confiar aun sin pruebas, seguir aun sin entender. Esa sería la verdadera maestría del jugador consciente.

A lo largo del episodio, Javier comparte su propio recorrido espiritual: desde sus inicios en la Kabbalah hasta su comprensión actual de la realidad como una red viva dentro de algo más grande, a lo que llama “el Origen”.
Dice que incluso Dios forma parte de una estructura más amplia, un fractal dentro de un diseño mayor. Todo está contenido dentro de todo. No existe un “afuera”.

Sin embargo, la enseñanza más profunda no está en entender la teoría, sino en vivirla.
El juego cambia cuando dejamos de buscar salidas y empezamos a jugar con conciencia, reconociendo que cada desafío trae una oportunidad de recordar nuestro propósito.

Quizás no se trata de escapar del simulador, sino de amarlo desde adentro, de hacerlo más luminoso con nuestra presencia.
La fe, en ese sentido, no es creer ciegamente, sino confiar en la inteligencia del juego, en que hay una perfección detrás de cada experiencia, incluso cuando no la vemos.

🌿 Escuchar a Javier Wolcoff me hizo pensar en cuántas veces intento controlar todo, olvidando que tal vez la vida no necesita tanto control, sino confianza.
Si realmente esto es un juego, entonces vale la pena jugar con amor, con curiosidad, con la certeza de que cada paso —aun los que parecen errores— tiene sentido dentro del tablero.
Y quizá eso sea lo que el alma vino a aprender: a disfrutar el juego mientras recuerda quién es.

Hace poco viví algo que me recordó esa enseñanza. Volvía en un taxi de noche y me sentí insegura: no podía bajar los vidrios, el conductor activó las cerraduras y por un momento sentí pánico real.
Nada malo ocurrió, llegué bien, pero esa sensación me dejó temblando. Pensé en lo que dice Wolcoff: que el juego más difícil es aquel en el que no tenemos certezas. Y ahí estaba yo, sintiendo miedo en una situación que no podía controlar.
Tal vez ahí también se juega la fe: en poder respirar, observar, confiar un poco más en medio del temor. No desde la ingenuidad, sino desde el corazón que recuerda que todo forma parte del aprendizaje.